El manejo de la colitis ulcerosa de moderada a grave a menudo requiere el uso de corticoesteroides, como la prednisolona, para controlar la inflamación durante los brotes. Sin embargo, debido a los efectos secundarios asociados a estos fármacos, existe una incertidumbre médica constante sobre cuál es la forma más adecuada de retirarlos una vez que el paciente ha respondido al tratamiento inicial. Un reciente estudio clínico realizado por investigadores en la India ha arrojado luz sobre esta cuestión, comparando la eficacia de dos estrategias de reducción gradual de la dosis: una pauta corta de 6 semanas frente a una pauta prolongada de 10 semanas.
La investigación se centró en un grupo de 94 pacientes que habían logrado estabilizar sus síntomas tras un ciclo inicial de dos semanas con esteroides. Para determinar qué método de retirada era superior, los participantes fueron divididos aleatoriamente en dos grupos. El primero redujo la medicación de forma más acelerada en un mes y medio, mientras que el segundo lo hizo de manera más pausada a lo largo de dos meses y medio. El objetivo principal era observar cuántos pacientes lograban mantener la remisión clínica —es decir, la ausencia de síntomas y de actividad inflamatoria detectada por endoscopia— a los seis meses de haber iniciado el proceso, sin necesidad de volver a recurrir a los corticoides.
Los resultados revelaron beneficios significativos a favor del esquema de retirada más largo. Al cumplirse los seis meses, el 44 % de los pacientes que siguieron la pauta de 10 semanas se encontraban en remisión clínica completa, una cifra que duplica el éxito alcanzado por el grupo de la pauta corta, donde solo el 20 % mantuvo ese estado. Además, aunque ambos grupos presentaron tasas de recaídas similares en el recuento total, aquellos que redujeron la dosis lentamente tardaron mucho más tiempo en experimentar un nuevo brote (una mediana de 5 meses frente a los 2 meses del grupo de reducción rápida), lo que supone una reducción del riesgo de recaída del 61 %.
En cuanto a la seguridad, el estudio aporta tranquilidad a los pacientes, ya que no se encontraron diferencias relevantes en la aparición de efectos adversos entre ambos métodos. Los efectos secundarios reportados, como dolores de cabeza, cambios en la piel o debilidad muscular leve, fueron de carácter menor en ambos grupos y no obligaron a nadie a interrumpir su tratamiento. Esto sugiere que prolongar ligeramente el tiempo de retirada no incrementa necesariamente la toxicidad del fármaco, pero sí mejora drásticamente la estabilidad de la enfermedad a largo plazo. No obstante, los autores del estudio subrayan algunas limitaciones importantes. Al tratarse de un ensayo realizado en un solo centro médico y en un contexto donde los tratamientos biológicos modernos no siempre son la primera opción, los resultados podrían variar en entornos sanitarios donde se utilicen otros fármacos avanzados para mantener la remisión.
En conclusión, para los pacientes que dependen de los esteroides para controlar un brote de colitis ulcerosa, una retirada más lenta y progresiva parece ser la estrategia más eficaz para prolongar el bienestar y evitar la vuelta temprana de los síntomas. En cualquier caso, la decisión final debe estar siempre en manos del especialista que conozca detalladamente el caso, pues cada paciente es único.
Un estudio científico analizó la relación entre el consumo de alimentos ultraprocesados y la aparición de lesiones precursoras de cáncer de colon en adultos jóvenes. La investigación se centró en una cohorte de más de 29.000 enfermeras menores de 50 años, a quienes se siguió durante más de dos décadas para observar cómo su dieta influía en la formación de adenomas colorrectales. El contexto de este trabajo es de especial relevancia, ya que en las últimas décadas se ha detectado un incremento preocupante de casos de cáncer colorrectal en personas jóvenes, coincidiendo con un aumento del aporte calórico proveniente de productos ultraprocesados en la dieta promedio.
Los resultados revelan que aquellas mujeres que consumían una mayor cantidad de alimentos ultraprocesados presentaban un riesgo un 45 % superior de desarrollar adenomas convencionales antes de los 50 años. Es importante destacar que este aumento del riesgo se mantuvo incluso después de que los investigadores ajustaran los datos para descartar la influencia de otros factores conocidos, como el índice de masa corporal, la presencia de diabetes tipo 2 o la ingesta de nutrientes protectores como la fibra, el calcio y la vitamina D. Esto sugiere que el procesamiento industrial de los alimentos podría tener un papel directo y negativo en la salud intestinal, independientemente de la calidad nutricional general de la persona.
A pesar de la contundencia de las cifras, la comunidad científica mantiene una postura cautelosa respecto a la interpretación de estos datos debido a las dificultades metodológicas. Algunos expertos señalan que identificar con precisión qué es un alimento ultraprocesado mediante cuestionarios dietéticos es una tarea compleja, ya que productos similares —como el pan o ciertas salsas— pueden estar mínimamente procesados o ser ultraprocesados según su fabricación, algo que los registros utilizados en el estudio no siempre pueden diferenciar con total exactitud.
En conclusión, los autores del estudio subrayan que estos hallazgos refuerzan la idea de que la calidad de lo que comemos es una herramienta clave para frenar la incidencia del cáncer de colon de aparición temprana. Aunque el debate sobre la definición exacta de "ultraprocesado" continúa en el ámbito académico, la evidencia apunta a que reducir el consumo de productos altamente transformados y mejorar los hábitos alimentarios constituye una estrategia de prevención fundamental para la salud colorrectal en las nuevas generaciones.
La enfermedad celíaca es una patología autoinmune crónica en la que el sistema inmunitario reacciona de forma adversa ante el gluten, una proteína presente en el trigo, la cebada y el centeno. Esta respuesta provoca una inflamación que daña las vellosidades del intestino delgado, las cuales son esenciales para absorber los nutrientes de los alimentos. Si este daño persiste sin diagnóstico, el paciente puede desarrollar complicaciones serias como anemia, deficiencias vitamínicas, pérdida de peso o un debilitamiento de los huesos conocido como osteopenia u osteoporosis.
A diferencia de la creencia popular, la celiaquía rara vez se manifiesta con cuadros graves de diarrea o desnutrición extrema. En la actualidad, se la conoce como la "enfermedad del iceberg" porque la mayoría de los casos presentan síntomas muy sutiles e inespecíficos, como digestiones pesadas, hinchazón abdominal o malestar después de comer. Esta levedad en los síntomas provoca que muchos adultos, incluso mayores de 60 años, convivan con la enfermedad sin saberlo, o que el diagnóstico se confunda con otros problemas como el sobrecrecimiento bacteriano (SIBO) o alteraciones de la microbiota.
Un aspecto fundamental para identificar esta condición es su estrecha relación con otras patologías autoinmunes. Las personas que padecen alteraciones tiroideas (como la tiroiditis de Hashimoto), diabetes tipo I, dermatitis atópica o enfermedades inflamatorias intestinales como el Crohn, tienen un riesgo significativamente mayor de ser celíacas, tal y como indica en una entrevista a Diario de Sevilla el Dr. Francisco Javier Romero Vázquez, jefe del Servicio de Aparato Digestivo y Endoscopia del Hospital Quirónsalud Infanta Luisa y Director de DI-EN Sevilla. Por ello, ante la presencia de síntomas digestivos leves en pacientes con estos antecedentes, la evaluación médica se vuelve prioritaria para evitar un daño intestinal crónico.
Para alcanzar un diagnóstico definitivo, no basta con un análisis de sangre o un test genético, ya que un tercio de los adultos celíacos pueden arrojar resultados negativos en las pruebas de anticuerpos. El método de referencia sigue siendo la gastroscopia con toma de biopsias en el duodeno, lo que permite observar directamente el estado de las vellosidades intestinales. Un diagnóstico temprano es la herramienta más eficaz para revertir el daño, recuperar la calidad de vida y prevenir complicaciones nutricionales a largo plazo. En DI-EN Sevilla disponemos de los medios técnicos y humanos para diagnosticar y tratar correctamente la Enfermedad Celíaca; pida cita ahora con alguno de nuestros especialistas.
El cáncer gástrico sigue siendo una causa importante de mortalidad en todo el mundo, aunque en países como España su incidencia es relativamente baja. A diferencia de otros tumores, como el colorrectal, no se ha demostrado que los programas de cribado general para toda la población sean útiles o rentables en nuestro entorno. Por ello, las recomendaciones actuales apuestan por un “cribado selectivo”, centrado únicamente en personas con mayor riesgo individual, como quienes presentan lesiones previas en el estómago, antecedentes familiares de cáncer gástrico o una infección persistente por la bacteria Helicobacter pylori.
La prevención juega un papel clave. La infección por H. pylori es el principal factor relacionado con el desarrollo de este tipo de cáncer. Su detección y tratamiento reducen de forma significativa el riesgo, incluso en personas que ya presentan cambios en la mucosa del estómago. Por este motivo, las guías clínicas recomiendan erradicar la bacteria, sobre todo en pacientes con otros factores de riesgo, como medida de prevención primaria.
Cuando existe sospecha de enfermedad, la prueba fundamental es la endoscopia digestiva alta, que permite observar directamente el interior del estómago y tomar muestras para su análisis. Las técnicas de imagen avanzadas mejoran la detección de lesiones pequeñas o superficiales y ayudan a delimitar mejor su extensión. En algunos casos, se complementa con una ecoendoscopia, que permite valorar si el tumor ha penetrado en capas más profundas del estómago o si hay ganglios afectados cerca de la zona.
El estadio en el momento del diagnóstico es determinante para el pronóstico. Las diferencias de supervivencia entre una enfermedad localizada y una avanzada son muy marcadas, lo que refuerza la importancia tanto del diagnóstico precoz como de una correcta evaluación de la extensión del tumor. Para ello, se suelen realizar pruebas de imagen que permiten comprobar si el cáncer se ha diseminado a otras partes del cuerpo y, en pacientes candidatos a tratamiento curativo, exploraciones adicionales para descartar enfermedad oculta.
Aunque la mayoría de los casos no tienen un origen hereditario, existe un pequeño grupo de personas con síndromes genéticos que aumentan mucho el riesgo de desarrollar cáncer gástrico. En estos casos, pueden ser necesarios controles muy estrechos e incluso cirugías preventivas. Por eso, ante antecedentes familiares llamativos o diagnósticos en personas jóvenes, se recomienda la valoración en unidades especializadas, donde se pueda estudiar la posible causa genética y establecer un seguimiento adecuado. En DI-EN Sevilla podemos asesorarte y acompañarte durante todo el proceso; pide cita ahora con alguno de nuestros profesionales.
La alimentación es un aspecto clave en la mayoría de las patologías digestivas, siendo la base de gran parte de los trastornos funcionales digestivos. Además, es especialmente relevante en la enfermedad inflamatoria intestinal (EII), tanto en su aparición como en su evolución. Por ello, muchos pacientes buscan pautas dietéticas que les ayuden a reducir los síntomas y prevenir los brotes. Sin embargo, aunque existen varias propuestas de dietas llamadas “antiinflamatorias”, la evidencia científica disponible sigue siendo limitada y, en muchos casos, heterogénea, no sustituyendo en ningún caso el tratamiento farmacológico prescrito por su médico.
Entre las dietas más estudiadas se encuentran:
Todas ellas comparten algunos principios generales, pero difieren notablemente en el grado de restricción y en la forma de abordar determinados alimentos. A continuación, resumimos los principales aspectos de cada una de ellas.
En relación con la carne, existe un consenso amplio en evitar las carnes procesadas. La carne roja solo se prohíbe de forma estricta en la dieta de exclusión de Crohn, mientras que el resto prioriza carnes magras y pescado.
En cuanto a los lácteos, la recomendación general es optar por yogur, kéfir y quesos curados, ya que contienen menos lactosa y suelen tolerarse mejor.
El consumo de frutas y verduras se asocia de forma consistente con un menor riesgo de desarrollar enfermedad de Crohn y colitis ulcerosa. No obstante, algunas dietas, como la FODMAP, son muy restrictivas en este grupo de alimentos. Otras, como la dieta de Groningen, permiten su consumo sin limitaciones generales, promoviendo que cada paciente identifique y evite únicamente aquellos alimentos que empeoran sus síntomas.
Los cereales son uno de los puntos con mayor disparidad entre dietas. Algunas eliminan el gluten o todos los cereales, mientras que otras permiten arroz y avena, pero no trigo o centeno. La dieta de Groningen adopta una postura más flexible: reconoce que el trigo y el pan pueden generar molestias en algunos pacientes, pero recomienda panes integrales y cereales sin aditivos en lugar de una exclusión estricta, para no limitar en exceso la alimentación diaria.
En cuanto a las bebidas, se aconseja evitar el alcohol de forma generalizada. El café y el té suelen permitirse, salvo en la dieta de exclusión de Crohn, que prohíbe el café.
También existe acuerdo en reducir al mínimo la sal añadida y evitar los alimentos enlatados o ultraprocesados.
El aceite de oliva es la grasa de elección y se recomienda el consumo de frutos secos.
Respecto a los edulcorantes, la mayoría de las dietas prefieren la miel frente a otros, excepto la FODMAP, que los desaconseja.
Más allá de estas dietas específicas, distintos estudios han mostrado que una dieta vegetariana o semivegetariana puede tener un efecto protector frente a las recaídas en la enfermedad de Crohn. La dieta mediterránea se asocia con menor incidencia y progresión de la EII, mientras que la dieta baja en FODMAP parece útil para aliviar síntomas digestivos, aunque no ha demostrado prevenir brotes y podría afectar negativamente a la microbiota intestinal si se mantiene a largo plazo.
En conjunto, obtener conclusiones firmes sobre las dietas en la EII es complejo, debido a limitaciones metodológicas de los estudios y al peso de factores individuales. Además, un alimento puede ser beneficioso o perjudicial según el contexto y la persona. Por ello, las revisiones más recientes recomiendan aplicar las menores restricciones dietéticas posibles, incluso en pacientes con EII, y adaptar la alimentación de forma individualizada. Las dietas muy restrictivas solo deberían utilizarse cuando estén claramente justificadas y siempre con el apoyo de un profesional de la nutrición, para evitar déficits nutricionales y efectos negativos sobre la microbiota intestinal.
En DI-EN Sevilla somos especialistas en y en el manejo de la enfermedad inflamatoria intestinal y nuestro equipo de profesionales está a su disposición para estudiar su caso a fondo y asesorarle con el tratamiento específico y la dieta más adecuada para su patología. Pida cita ahora.
Los inhibidores de la bomba de protones (IBP) son medicamentos que desde finales del siglo XX han supuesto un avance decisivo en el tratamiento de enfermedades digestivas importantes, como las úlceras o las hemorragias gastrointestinales. Su eficacia y perfil de seguridad han hecho que se utilicen de forma muy extendida. Sin embargo, en los últimos años se ha generado una percepción social negativa sobre estos fármacos, impulsada por informaciones que alertan de posibles riesgos, lo que ha llevado a que muchos pacientes los abandonen por miedo a efectos adversos, a menudo sin consultar previamente con su médico.
Buena parte de estas alarmas se basan en estudios que encuentran asociaciones estadísticas entre el uso de IBP y problemas como demencia, fracturas, enfermedad renal o cáncer gástrico. No obstante, en la mayoría de los casos no se ha demostrado una relación directa de causa y efecto, ya que influyen otros factores como la edad, la coexistencia de varias enfermedades o el uso simultáneo de otros medicamentos. Además, algunos cambios observados en el estómago de pacientes tratados con IBP se han demostrado benignos y, por lo general, no requieren controles especiales.
Existen, eso sí, algunos riesgos reales asociados a estos fármacos, aunque su magnitud es modesta. Se ha observado un ligero aumento del riesgo de ciertas infecciones intestinales, especialmente en pacientes hospitalizados o que toman antibióticos, y un pequeño incremento en el riesgo de fracturas, que podría estar más relacionado con la fragilidad de los pacientes que con el medicamento en sí. En cuanto a posibles interacciones con otros tratamientos cardiovasculares, la evidencia actual indica que no suponen un problema relevante si se eligen adecuadamente los fármacos.
El principal problema de los inhibidores de la bomba de protones no es tanto su seguridad como su uso innecesario o prolongado sin revisión. Estos tratamientos deben reevaluarse periódicamente y, cuando ya no están indicados, retirarse de forma gradual para evitar molestias. Lejos de demonizarlos, el enfoque adecuado consiste en utilizarlos cuando aportan un beneficio claro, durante el tiempo necesario y con un seguimiento responsable, manteniendo un equilibrio razonable entre riesgos y beneficios para cada paciente.